martes, 9 de septiembre de 2008

Manuel Rodriguez Erdoyza


Manuel Rodríguez nació el 25 de febrero de 1785, en Santiago. Hijo del español Carlos Rodríguez de Herrera y de la peruana María Loreto de Erdoíza y Aguirre.


Sus primeros estudios los cursó en el colegio San Carlos. Más tarde, ingresó a la Real Universidad de San Felipe, donde recibió enseñanzas sobre Filosofía y Leyes, titulándose de abogado en 1809, al igual que sus tres hermanos.


Pronto los ánimos independentistas se apoderaron del país. Rodríguez simpatizó con la causa y se alió a uno de sus más fieles compañeros y vecino de infancia, José Miguel Carrera. Un año después de instaurada la junta de gobierno, en 1811, fue designado procurador del Cabildo de Santiago; pero este cargo lo ostentó por poco tiempo, ya que el golpe de Estado impulsado por Carrera el 4 de septiembre transformaría la dirección del país.


Rodríguez, al poco tiempo, fue elegido diputado, mientras que el gobierno lo designó como ministro de Guerra. El 10 de agosto de 1814, fue nombrado secretario de Estado y ministro de Guerra. Sin embargo, la tranquilidad alcanzada se remeció con la llegada de casi 4.000 hombres que buscaron aplacar los ánimos independentistas en el territorio. Manuel Rodríguez debió, entonces, dejar sus funciones administrativas, volcando todas sus energías hacia el campo de batalla.


Un nuevo escenario


Tras el desastre de Rancagua (1814) y el regreso de los realistas al poder, las fuerzas patriotas debieron refugiarse al otro lado de la cordillera.


Rodríguez también partió; sin embargo, adoptó un papel de vigilante y mensajero, por lo que continuamente viajaba a caballo al país para recabar información, entregándosela a los principales artífices del Ejército Libertador: Bernardo O’Higgins y José de San Martín.


También organizó a grupos de rebeldes que alteraron la tensa calma impuesta por los realistas.
De esta manera, confundió a las tropas enemigas con diversas acciones por el territorio, permitiendo el avance sigiloso hacia el país de los patriotas, por diferentes puntos de la cordillera de los Andes. Esto le valió, además, la admiración popular, ya que el botín de los saqueos a los reductos realistas eran distribuidos entre los más pobres.


Con el retorno de los patriotas al poder (1818), el escenario cambió bruscamente para Rodríguez. O’Higgins miraba con suspicacia su figura tan rebelde y popular, por lo que las disputas entre ellos no tardarían en aparecer. Incluso, tras el desastre de Cancha Rayada, ocurrido el 19 de marzo de 1818 y en el que las tropas realistas sorprendieron y derrotaron a las patriotas, Rodríguez alentó a los habitantes de Santiago para aunar fuerzas e impulsar la lucha armada. Organizó, entonces, una nueva fuerza militar, los Húsares de la Muerte, y fue proclamado por el pueblo como director supremo, cargo en el que duraría solo dos días y que complicaría aún más su relación con O’Higgins.


Una vez que la tranquilidad retornó al país, Rodríguez fue detenido en el cuartel de San Pablo, en Santiago. El 25 de mayo de 1818 lo trasladaron a la prisión de Quillota. Sin embargo, antes de llegar a destino, en las proximidades de Tiltil, fue acribillado por sus custodios.


A sus 33 años, moría una de las leyendas de la historia nacional, cuya muerte incluso está rodeada de misterio, ya que algunos hablan de conspiración y otros dicen que era el destino que le esperaba después de intentar huir.


La leyenda popular asigna a la figura de Manuel Rodríguez varios hechos anecdóticos. Durante la Reconquista, y para facilitar su labor de espionaje en el territorio, utilizó diferentes disfraces, los que le sirvieron para no ser descubierto y juzgado por las autoridades realistas.


Así, tras ser perseguido, se refugió en el convento de Apoquindo, vistiéndose de monje , incluso, dirigió a sus perseguidores al interior del recinto para que buscaran al fugitivo. Se cuenta, además, que en otra ocasión se vistió de mendigo y le abrió la puerta al carruaje del gobernador Casimiro Marcó del Pont, quien le dio algunas monedas como limosna.

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